Si Crías, no consumas drogas


En realidad, las drogas no se deberían consumir nunca, independientemente de si tienes hijos o no. Pero es un hecho comprobado que el consumo de drogas por parte de los adultos responsables de un bebé o niño pone al menor en un peligro de muerte más que significativo. Y esto ocurre incluso cuando nos referimos a drogas como el tabaco común o el alcohol, socialmente tan aceptadas que hacer esta afirmación es incómodo y políticamente incorrecto. Pero la realidad es que los hijos de las madres fumadoras tienen cuatro veces más riesgo de sufrir muerte súbita que los hijos de madres no fumadoras, y cuando es el padre el que fuma  (madres fumadoras pasivas) dos veces más. Y la relación entre maltrato infantil y consumo de alcohol es, a estas alturas, evidente. Son verdades incómodas, cierto, pero incuestionables.

Dado que el consumo de ciertas drogas legales está tan aceptado socialmente, caemos en la tentación de pensar ¿A quién le hace daño un vinito o un cigarrito de vez en cuando? Parece que a nadie, pero según el plan nacional sobre drogas, una simple copa al día ya aumenta el riesgo de sufrir siete tipos de cáncer diferentes. Y los efectos perjudiciales del tabaco, desde el primer cigarrillo, son sobradamente conocidos, hasta el punto de que vienen escritos en las propias cajetillas.

Pero el objetivo de este artículo no es convencer a nadie de que las drogas, incluso las socialmente más aceptadas, son perniciosas para la salud del consumidor. Eso ya es de dominio público. En su lugar, pretendemos llamar la atención sobre un hecho generalmente obviado o infravalorado por los medios de comunicación en determinadas circunstancias, de las que hablaremos con más detalle a continuación: el peligro que supone el consumo de drogas por parte de los adultos para  los menores que tienen a su cargo.

El detonante de este escrito ha sido la terrible noticia de la muerte de un bebé de 3 semanas de vida, hijo de una mujer llamada Rebecca Hallock, de 37 años, en Scranton (USA). Según la versión oficial, el bebé habría muerto asfixiado por el cuerpo de su madre durante el sueño. El artículo que describe este suceso, escrito en una conocida web dedicada a la crianza, comienza hablando, como no, del colecho, como claro responsable de la tragedia, señalando la necesidad de realizarlo de manera segura. De hecho, la palabra “colecho” ya está incluida en el titular. Sólo casi al final del tercer párrafo mencionan, por fin, el consumo de drogas por parte de la madre.

Tras leer el artículo, una persona normal, poco informada sobre la naturaleza y biología del sueño materno-infantil, sale con la sensación de que realizar colecho es un peligro, y que si te “arriesgas” a hacerlo al menos lo hagas de manera segura. Y eso que la autora de este artículo parece bastante defensora de su práctica, al afirmar que los pediatras lo recomiendan por sus indudables beneficios.

Lo cierto es que el artículo en cuestión no parece pretender demonizar el colecho en absoluto, sino más bien informar a los padres de que deben realizarlo de manera segura. Pero yo me pregunto ¿Por qué este suceso da pie a un artículo que habla sobre el colecho seguro y no sobre el peligro que supone para los bebés el consumo de drogas por parte de los padres? Y el problema es que no se trata sólo de este artículo. Cada vez que un bebé muere mientras colecha se obvia todo lo demás, centrando la atención del lector absolutamente en el colecho.

¿Qué pensaríamos si ante la muerte de un bebé en un accidente de tráfico, el periodista pasara por encima hechos tan relevantes como que el bebé no iba bien sujeto en su silla de seguridad, o que el conductor estaba borracho o drogado, haciendo hincapié únicamente en la supuesta peligrosidad de llevar a tu hijo en coche. Ridículo ¿verdad? De hecho, las muertes ocurridas en este contexto generalmente se tratan como se tienen que tratar, de manera que se pone el foco de atención en la verdadera causa de la tragedia: el bebé no iba atado o el adulto que provocó el accidente estaba bajo los efectos del alcohol o las drogas. Estos hechos suelen nombrarse ya incluso en el titular.

Pero una y otra vez, ante las muertes de bebés que duermen junto con su madre, el centro de atención se pone en el colecho, casi obviando, o infravalorando, los verdaderos causantes. En el caso el bebé de Rebecca Hallock el principal candidato a ser la causa principal de la muerte del bebé es, evidentemente, el consumo de drogas. En otros pueden ser otros factores de riesgo, como por ejemplo el uso de una superficie inadecuada durante el sueño, algo que puede ser peligroso para el bebé tanto si practica colecho como si no.

Mientras que llevar a los bebés en coches es un comportamiento considerado por los medios de comunicación incuestionable e irremediable, un hábito necesario que nadie osaría decir que no practiques, dormir junto a los hijos es siempre puesto en entre dicho. Como si frente al colecho el resto de las variables implicadas en la muerte del menor fueran actores terciarios o irrelevantes, cuando la realidad es que siempre es alguna de ellas la causa principal del trágico final.

Lo cierto es que en muchos de estos casos el colecho es, incluso, irrelevante para la muerte. Una madre drogada o borracha no necesita estar dormida para matar accidentalmente a su bebé. Bajo los efectos del alcohol y las drogas un adulto no debería nunca ser el responsable de la seguridad de un menor, igual que no debería nunca conducir o hacer una actividad de riesgo. Porque cuidar a un bebé es una actividad de riesgo, de riesgo constante para el bienestar y la vida de la criatura.

En el caso que nos atañe, además, las drogas que consumía la madre eran cannabis y anfetaminas, ambas relacionadas con la muerte de lactantes debido a su consumo a través de la leche materna (1, 2). No sabemos si en este caso había o no lactancia materna, pero no sería extraño que incluso el propio análisis forense hubiera obviado el hecho de que ambas drogas pueden haber matado al bebé directamente, independientemente del colecho. Ante la observación de que un bebé ha muerto colechando con su madre, el culpable será, por defecto, el colecho. Y con ese sesgo de entrada, tal vez ya no se lleguen a  hacer los análisis necesarios que podrían llevarnos a otras conclusiones (como mirar el nivel de estas drogas en la sangre del bebé). 

Y yendo al caso más extremo,  asumir que la muerte ha sido accidental porque se produjo en el contexto del colecho puede llevar a pasar por alto un asesinato. Desde el medievo están registradas muertes voluntarias de bebés por el método de ahogarlos durante el sueño, para luego asegurar que ha sido un accidente (de hecho ésta ha sido una de las causas por las que el colecho ha sido tradicionalmente prohibido o desaconsejado en nuestra sociedad). El hecho de que esta madre ya había perdido otro hijo en las mismas circunstancias ¿De verdad no es motivo para una investigación más profunda? Pues incluso esta sospecha tan terrible parece irrelevante en el contexto del demonizado colecho.

El colecho es el comportamiento natural de la diada madre bebé. Obviamente, se ha de practicar de manera segura, de la misma manera que se practica de manera segura cualquier actividad diaria con un bebé. Dado que durante el colecho el adulto responsable, generalmente la madre, está dormido, es evidente que hay que extremar la seguridad de las condiciones ambientales. Pero eso no quita que desde un punto de vista evolutivo, el colecho sea un comportamiento mucho más incuestionable e irremediable que llevar al bebé en coche, pasearlo por las calles de la ciudad, o sentarse con él para alimentarle. Nuestra cultura lo ha criminalizado, cierto, y esta demonización ha tenido efectos terribles para hijos y madres. Algunos muy obvios: el sueño en solitario en otra habitación es un reconocidísimo factor de riesgo de la muerte del bebé durante el sueño, y la separación entre madre e hijo durante la noche un obstáculo muy importante para el establecimiento y la continuación de la lactancia materna, lo que por sí mismo pone en peligro la salud de la diada.

Pero esto sólo son los efectos más evidentes. Todavía hay muchos ocultos e ignorados, que solo una ciencia realizada desde una perspectiva multidisciplinar será capaz de revelar en toda su magnitud. Esperemos que esto ocurra en un futuro no muy lejano, para reconciliarnos, por fin, con un comportamiento natural, saludable y extraordinariamente placentero para nuestros bebés y, por supuesto, para sus madres y padres.

En resumen, este artículo pretende trasmitir un importante mensaje que, en determinadas ocasiones, lo medios de comunicación parecen incapaces de comunicar:

Si tienes hijos, no consumas drogas.

Es lo más seguro para tu hijo. Y es lo mejor para ti.

Independientemente de que decidas, o no, hacer colecho.

María Berrozpe y Rafaela López